Terminan tres sexenios de desencuentros entre Cuba y México

Mérida. Los presidentes de Cuba Raúl Castro Ruz y México Enrique Peña Nieto se sentarán a dialogar el viernes sobretodo de temas de economía, comercio y negocios. Atrás quedaron los tiempos en los que la política, los conflictos regionales y, en ocasiones, los temas incómodos que se colocaban en la mesa por encargo de Washington, dominaban la agenda de estos encuentros bilaterales que, éso sí, siempre fueron intensos y fascinantes para los medios de comunicación.

Después de tres sexenios de relaciones diplomáticas frías, distantes y en ocasiones conflictivas entre Cuba y México –desde Ernesto Zedillo hasta Felipe Calderón, pasando por la desastrosa gestión diplomática de Vicente Fox– las relaciones entre México y Cuba registran un nuevo momento, sobretodo a partir de que Peña Nieto expresó su intención de generar un relanzamiento de la vieja amistad entre los dos países.

Sin embargo, la diplomacia mexicana ya no tiene el peso político que tuvo para La Habana durante los primeros 50 años de su etapa revolucionaria, como el único aliado en el continente, y Cuba, ahora que ha entrado en la fase de plena normalización de sus relaciones con Washington, lejos de ser un país aislado, es cortejado por decenas de gobiernos y empresas de todo el mundo, dispuestos a aprovechar las ventajas del deshielo para invertir en la isla.

Hasta donde se conocen los detalles de este encuentro Cuba-México, se sabe que el mandatario cubano arribará a la Ciudad Blanca este jueves, por la noche.

El viernes temprano Castro depositará una ofrenda floral en el monumento a los Niños Héroes en el hermoso parque de La Mejorada y en cuanto llegue Peña Nieto iniciará formalmente la reunión, que tendrá lugar en el palacio de gobierno, frente a la Plaza Grande yucateca, al lado de la tradicional sorbetería Colón. Ahí, en el Palacio, se firmarán acuerdos de interés mutuo y se hará la conferencia de prensa.

Detrás de esta jornada, se suman 55 años de una de las relaciones bilaterales más intensas –e interesantes– que ha tenido la política exterior mexicana, la relación con la revolución cubana.

Ocho presidentes con Fidel; dos con Raúl

Los sucesivos mandatarios mexicanos, desde Adolfo López Mateos (1958-1964) hasta Vicente Fox (2000-2006), tuvieron como interlocutor al carismático Fidel Castro. Los dos últimos –Felipe Calderón y Peña Nieto– a su hermano Raúl Castro.

A grandes rasgos, este fue el clima que marcó cada uno de los encuentros presidenciales México Cuba en más de medio siglo.

Desde el momento en el que triunfaron los barbudos revolucionarios en la isla en 1959 y declararon socialista su proceso histórico, los gobiernos mexicanos asumieron una posición de neutralidad y defensa del derecho de Cuba a la autodeterminación. Esto implicó confrontar a Estados Unidos, que en todos los foros hemisféricos promovió la ruptura y el aislamiento de La Habana. Era la Guerra Fría. Y México se distinguió en 1962 por votar en solitario en la asamblea general de la OEA en Punta del Este en contra de la expulsión de Cuba del organismo. Dos años después fue el único país que se negó a romper relaciones diplomáticas con la isla, cuando todos los demás, a instancias de Estados Unidos, lo hicieron.

A cambio de ello –los políticos son pragmáticos siempre– México obtuvo de Cuba el compromiso de que nunca intentaría apoyar los procesos revolucionarios que aquí germinaran.

Pero no fue sino hasta 1975 cuando La Habana recibió en visita oficial, lógicamente con bombo y platillo, la primera visita de un presidente mexicano, Luis Echeverría, quien en plena campaña por pasar a la historia como un líder mundial –cosa que no logró– pregonaba los principios de la no intervención y la soberanía, a pesar de su obscuro secreto: años después los Archivos de Seguridad Nacional (National Security Archives) revelaría el doble juego de Echeverría, como agente de la CIA.

José López Portillo, junto con Carlos Salinas de Gortari, fueron los presidentes que más interactuaron con Fidel Castro. Primero, Fidel vino a México, concretamente a Tulúm, en 1979. JLP fue a La Habana en 1980. En 1982 tuvo lugar un encuentro secreto entre el entonces secretario de Estado de EU, el halcón Alexander Haig, con el vicepresidente cubano Carlos Rafael Rodríguez en la casa del entonces canciller Jorge Castañeda de la Rosa, en el Pedregal de la Ciudad de México. Fue el momento donde brilló la capacidad de la diplomacia mexicana por resolver el último de los conflictos de la Guerra Fría en América Latina.

En 1980, cuando México fue anfitrión de la Cumbre Norte Sur en Cancún, López Portillo y su canciller Castañeda enfrentaron un dilema. El presidente Ronald Reagan vetó específicamente del encuentro. México lo enfrentó con gran arte diplomático: invitó a Castro a un encuentro secreto en Cozumel, a bordo de un yate, donde JLP le ofreció todo tipo de disculpas y explicaciones. Años después, en una situación semejante, George Bush quiso vetar a Castro de un encuentro de la ONU en Monterrey. Vicente Fox y su canciller –el hijo del otro Castañeda– actuaron con tal majadería que las consecuencias de una relación lastimada se hicieron sentir por muchos años más.

El sexenio de Miguel de la Madrid no fue pródigo en su relación con la isla, aunque se empeñó en incentivar las inversiones. No prosperaron demasiado. Al final de su sexenio cumplió con el ritual de una visita a La Habana, básicamente para invitar a Castro a la toma de posesión de un presidente –Salinas de Gortari– que llegaba al poder bajo el peso de un fraude electoral. Imperó el pragmatismo. Fidel vino a México.

Salinas lo compensó a lo largo de su sexenio con gestos de gran significado para un país que decidió seguir siendo socialista después de la caída del bloque socialista en Europa Oriental. Para Cuba la debacle económica, aun no cuantificada, ha sido comparada por estudiosos como la catástrofe económica de Alemania después de su derrota en la segunda guerra mundial. Solo que Cuba no sufrió derrota alguna, solo los mapas a su alrededor cambiaron de color.

En ese contexto, México incluyó a Castro en la primera Cumbre Iberoamericana que se realizó en Guadalajara en 1991. En 1991, México invitó a Cuba a una reunión del Grupo de los Tres (con Colombia y Venezuela) y después a una visita de Estado de Castro, en 1993. Gesto de gran peso, puesto que la ley Torricelli, con la que EU amenazaba explícitamente a los países que negociaran con Cuba, acababa de entrar en vigor. Todavía en 1994, Salinas hizo un viaje relámpago a La Habana antes de viajar a otra cumbre iberoamericana en Cartagena.

En diciembre de 1994 Castro asistió a la toma de posesión de Ernesto Zedillo, pero este político neoliberal, sin simpatías hacia la revolución cubana, no correspondió. Pronto se empezó a perfilar la ruptura.

Algunos de los golpes políticos que Zedillo propinó a Cuba: bajó la ventanilla de los créditos, dejó a la isla fuera del esquema de San José para el comercio petrolero, en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la ONU abandonó el voto contrario a las presiones estadunidenses. En ese sexenio no hubo visitas de Estado mutuos. Zedillo y Castro se encontraron en tres cumbres presidenciales; en las tres chocaron.

En la primera, en La Habana en 1999, el mexicano se sumó al bloque que intentó poner plazos a Cuba para la alternancia política. Además, la canciller Rosario Green se reunió en la capital cubana con disidentes, acto visto por el gobierno cubano como muy hostil. Y en el 2000, en la Cumbre de Panamá, los dos volvieron a enfrentarse al discutir una resolución de condena al terrorismo de ETA, propuesto por el presidente salvadoreño Francisco Flores (hoy procesado por corrupción), cuando su país albergaba al terrorista cubano Luis Posada Carriles, confeso autor del estallido de un avión de Cubana de Aviación en Barbados. Ese mismo evento, Posada, ya viejo pero todavía terrorista, falló un atentado dinamitero que estaba dirigido contra el presidente cubano en un acto de masas en el paraninfo de la universidad nacional y que de haberse logrado, hubiera provocado una carnicería.

Luego de la derrota del PRI en 2000, Vicente Fox llegó con ganas de hacer amistad con Fidel Castro, quien vino a su toma de posesión. Pero su canciller Jorge Castañeda, por el contrario, llegó con ganas de causar el mayor daño posible a la relación.

Estos fueron unos de sus gestos hostiles:

En 2001, la cancillería nombró como “visita de trabajo”, no visita de Estado, a La Habana. Castañeda organizó una reunión de Fox con los disidentes, sabiendo que eso habría de irritar a sus anfitriones.

Ese mismo año, en Miami, Castañeda declaró que las “puertas de la embajada mexicana en La Habana están abiertas para todos los cubanos”. Previsiblemente, esto provocó un “portazo” de cubanos que ingresaron por la fuerza a la misión, buscando salir del país.

En febrero de 2004 fue el episodio de la descortesía foxista. Para evitar que el presidente de EU George Bush topara con Castro en una cumbre presidencial de la ONU en Monterrey, el presidente mexicano le dijo al homólogo cubano: “Me acompañas a la comida y de ahí te regresas”.

En abril, en la asamblea de la CDH de la ONU, México ya no solo se abstuvo en el tradicional voto de condena a Cuba sino que se adhirió a una flamígera resolución presentada por la República Checa y Polonia. A quienes reprocharon ese voto, el canciller los llamó “ardidos”.

Casi inmediatamente después, Castro hizo públicas las grabaciones que revelaban la torpeza diplomática de Fox.

Cuando Castañeda se cansó de ser canciller, su sucesor en Relaciones Exteriores, Luis Ernesto Derbez llevó las fricciones a su grado máximo cuando expulsó a diplomáticos cubanos por considerarlos espías y dio al embajador Jorge Bolaños –figura señera en la diplomacia cubana– 48 horas para abandonar el país. Esos años también se produjo el incidente de Carlos Ahumada, quien perseguido por fraude en México se fue a refugiar La Habana. Fue capturado por la policía cubana y expulsado antes de que México lo pidiera en extradición.

Hubo al final de la administración foxista un intento de reconciliación, pero ya sin efecto alguno.

A su llegada a la presidencia, Felipe Calderón externó su propósito retórico de restañar las heridas, ya con Raúl Castro y sin una CDH en Ginebra, ya que esta fue disuelta. Pero poco se logró, ya que privilegió su empeño rijoso contra el presidente venezolano Hugo Chávez, aliado vital de los cubanos. Al final de su sexenio cumplió protocolariamente una visita a La Habana. Para él era tarde para recobrar la amistad México-Cuba.

Ese capítulo le correspondió a Peña Nieto. Pero ni el mundo, ni México ni Cuba son los mismos de antes. La relación bilateral ha perdido peso.

La  Jornada